Una incisiva y risueña crítica a la clase media alta. Sobre “El chico de la última fila” de Juan Mayorga

Comentario escrito por Lauri Cristina García Dueñas

Producción: Teatro Luis Poma
Dirección: Roberto Salomón
Actores: Dinora Alfaro, Patricia Rodríguez, Óscar Guardado,
Henry Urbina, Elliot Martínez, Gabriel Pinto.

Tres espacios muy bien acondicionados aparecen en los ojos de las personas expectantes. He ahí el primer acierto, no menor, la escenografía: una galería de arte, la sala de una casa de una familia de clase media alta y el departamento de un profesor de literatura y una galerista de arte contemporáneo.

El texto de Juan Mayorga; celebrado y traducido dramaturgo español, cuyas obras ya han encarnado dos veces en el Teatro Luis Poma de San Salvador, El Salvador; nos hace abrir los ojos como platos y pestañar pocas veces en el transcurso de una hora y cuarenta minutos.

Los trazos coreográficos son, a mi parecer, el segundo gran acierto, que combina con una cuidada iluminación.

Las zancadas y desplazamientos de los actores son tan precisas como un bisturí sobre el papel y nos transmiten emociones particulares de los personajes. La analogía no es fortuita, esta obra será disfrutada por todo público, pero contiene guiños especiales para los que alguna vez se han dedicado a leer, escribir, editar e intentar enseñar literatura en un aula.

La crítica es incisiva, a los tiempos, a los maestros, a los estudiantes, al arte contemporáneo y a la ridículamente entrañable clase media alta de casi cualquier sociedad. Nadie de los personajes queda en pie, todos padecen su condición humana, el género oscila entre la comedia, la farsa y la sátira. Ya lo hizo Shakespeare, Molière y Donoso cuando les correspondió. Y hasta la misma Armonía Somers.

Un profesor da clases de literatura, pero el chico de la última fila se lo toma demasiado en serio (bovarismo), le toma sistemáticamente el pelo a su maestro y a la lectora juiciosa y misteriosa y ello pone de cabeza el transcurso previsible de una cátedra en un instituto. El texto se ensaña cariñosamente con el arte contemporáneo: arte para enfermos, lo llama, mostrando el dorso cursi, nahïb y kitsch de estos seres que cuelgan reproducciones de Klee en sus salas, quieren remodelar su casa y son fanáticos del baloncesto estadounidense.

Hay un retrato velado al voyerismo adolescente, al nacimiento del deseo, al “resentimiento” de la clase media baja o baja, cuyo personaje principal tiene un ansia de mirar de cerca una familia estereotípica.

El texto es prodigioso como el montaje, la producción, la dirección y las actuaciones de Patricia Rodríguez y Dinora Alfaro.

Alfaro sale de sus registros populares y coloquiales y, al encaramarse en su personaje de señora copetona, no por ello interpretado o escrito de forma plana, demuestra que sus años de experiencia le permiten adecuarse a registros disímiles.

A Patricia Rodríguez, desde hace muchos años, me ha encantado verla sobre el escenario, así como, su actitud nada impostada, su elegancia, su manera fluida de manejarse verbal y corporalmente, como si estuviera en su casa (en esta representación sí lo está) y, la verdad, luego de muchos años fuera, volver a mirarla actuar y constatar su crecimiento actoral que ya era notable es muy gozoso.

Recomiendo a las y los salvadoreños que se acerquen al Teatro Luis Poma a ver esta obra de la cual no saldrán indemnes. Se llevarán más de una carcajada y reflexión sobre los pliegues de las clases sociales y los animales extraños y dulcemente patéticos que se dedican a la literatura. Además, constatarán una producción, dirección y montaje cuidados hasta el último detalle.

Presentaciones:
2022 Marzo 17 al 27

Teatro Luis Poma.

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